2 estrellas, Películas

A cure for wellness

Cuando vi el trailer de A cure for wellness pensé que la película prometía. Tenía pinta de ser uno de esos thriller psicológicos que juegan con el espectador, haciéndole dudar a cada momento de qué es lo que está pasando en realidad. Craso error. La película no es que tenga mucha chicha que digamos. Con un argumento completamente gobernado por la previsibilidad excepto en el gran colofón final, que es impredecible, pero sólo por lo desproporcionada que es su pirada de pinza.

La historia trata de que un joven ejecutivo, con una prometedora carrera en la compañía para la que trabaja es enviado a buscar al CEO de su empresa, que ha decidido dejarlo todo para quedarse en una especie de balneario para ricos perdido entre las montañas de Suiza. Lo que parece una tarea sencilla se complica cuando le resulta imposible contactar con el directivo, y lo hace aún más cuando debido a un accidente de coche se fractura la pierna y tiene que reposar durante unos días en dicho balneario. Una vez allí, poco a poco va descubriendo que el balneario es bastante más siniestro de lo que parece en un principio.

Bien, esa última frase es un poco imprecisa. Desde el primer momento el balneario da mal rollo, pero parece que al protagonista, el señor Lockhart, no. Al principio puede que lo achaquemos a que realmente es un poco absurdo sentirse intimidado por un lugar donde viejos ricos hacen yoga, por muy raro que sea el médico con el que trata y por muy siniestras que sea su tono cuando dice “es un paciente, no es un prisionero”. Pero no. Pronto nos damos cuenta de que realmente este señor Lockhart es bastante tonto, la verdad. Pero bueno, no quiero destriparos nada.

La película podría haber estado bien, haciendo la vista gorda ante la necedad del protagonista, si hubiese tomado otros derroteros cuando se le presentó la oportunidad en al menos dos puntos clave. Pero aún así tampoco es la peor película de la historia. Es más o menos entretenida pese a todo y en algún momento sí que nos transmite esa sensación de impotencia que, creo, intenta transmitir. También tiene algún que otro plano en los que te paras y dices en voz alta “¿Pero a qué coño estás jugando, Gore Verbinski?”, pero bueno, ¿qué sé yo de dirigir?

Yo no pagaría por ir a verla al cine, desde luego. Pero sí que puede ser una opción para una de esas noches entre semana en la que no echan nada por la tele.

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